Me preguntas??? Estas ansias escapan a la mera definición de profesión; son de alguna manera una especie de estigma o esencia que encuentra las palabras exactas para enmarcarte en una condición más que en un concepto… y luego la realidad es más sencilla o más complicada?: escribes porque vives y vives porque escribes.

martes, 9 de mayo de 2017

Cicatrices de risas en la frente

Gladys es una mujer que vivió muchos años sometida a los prejuicios ajenos.  Hoy parece libre, aunque confiesa que guarda un resentimiento que la mantiene anclada, con cicatrices de risas en la frente, por ser simplemente una lesbiana que decidió asumir sus preferencias, aun cuando la vida se le volvió una hecatombe.
Usa  tenis y jean. Lleva el cabello corto y no se adorna con labial. Esconde bajo el reloj un tatuaje de géminis por aquello de la doble personalidad, el misterio y la condición de ser inasible. Pero en su historia hay mucha fragilidad disimulada, sangrando aún por un poco de aceptación.
Animarla a conversar fue difícil. Solo accedió a regalar su historia por todas las mujeres, a las que se les escapa la juventud, sin el coraje de aceptar que su realidad pinta más de azul que de rosa.
Desde niña siempre pensé que había algo raro en mí. Mucho tiempo creí que era un problema, que cuando lo descubrieran me iban a llevar al hospital. Lo oculté de todo el mundo, incluso de mí. Ya en el pre supe con certeza que era homosexual, y me sentí aterrada.
Eran otros tiempos. La gente tenía la mentalidad mucho más cerrada. Mi primera relación fue con una profesora. Mi familia nunca pudo confirmar eso, pero aun así, solo por el comentario mal intencionado de una amiga cercana me llevé una tunda con un cinto y amenazaron con mandarme para otra provincia a estudiar.
En mi desesperación me tomé un paquete de meprobamato de mi abuela, incluso me ingresaron unos días. Y cuando regresé  volvieron a pegarme. Yo negué todo el tiempo mi relación hasta que la gente se olvidó del tema.
Hoy estoy segura que no afrontar de una vez por todas mis diferencias fue lo peor que pudo pasarme. Me hice vieja viviendo en una farsa, una telenovela para complacer a mi mamá, a mi papá y a mis abuelos.
No todo estuvo mal en mi vida. A los 23 me casé con un hombre buenísimo y tuve los hijos más hermosos que una mujer pudiera recibir. Y fui completamente feliz por mucho tiempo, hasta que los muchachos crecieron y cada cual tomó su rumbo. Entonces volví a ser la misma frustrada de siempre.
Hace un tiempo decidí aceptar mis preferencias sexuales. Conocí a una muchacha mucho más joven, empezamos un romance y la cosa explotó en mi familia, con más fuerza incluso que cuando era una jovencita asustada.
Mi madre me dijo que menos mal que mi papá estaba muerto para que no sintiera tanta deshonra. Y mis hijos me dejaron de hablar hasta hace poco. Yo seguí haciéndolo todo en casa, lavando la ropa, sirviendo la comida, pero sin que nadie me mirara a la cara, como si hubiera cometido un crimen.
Que nadie lo dude, la lesbianas somos las más discriminadas. Los hombres dejan a sus familias y hacen otra vida y la gente lo asimila, pero es como si la mujer no tuviera derecho a querer la felicidad, como si esto interfiera en el hecho de ser buena madre.
He sufrido inmensamente la vergüenza que mi hija siente por mí. Ya no cuenta que me sacrifiqué por darle lo mejor, que cumplí sus caprichos, que la eduqué con tanto amor. Ahora ella solo ve defectos…
Es triste sentirse rechazado todo el tiempo incluso por peores personas. Hay familiares que me dicen que me arregle más o me pinte las uñas, que use creyón. Y la verdad es que eso me duele, porque yo no le digo a nadie cómo vivir su vida, entonces por qué no me pueden aceptar como soy.
En las cuatro paredes del hogar es donde más grande son los prejuicios, al menos en mi caso. Y debería ser diferente. Cualquier cosa es tomada como una ofensa. El hecho de que haya dado mi testimonio, aunque ni siquiera me haya atrevido a decir mi nombre real, será de seguro una nueva odisea.
En estos años, las campañas contra la homofobia nos han ayudado a tener más orgullo, a ser más valientes. Tengo que confesar que aún estoy muy resentida con algunas personas que me hicieron daño, que se rieron en mi cara, que me llevaron incluso al borde de no querer seguir viviendo, pero entiendo que ya es hora de empezar a perdonar.
Todos los días me levanto con la esperanza de que las cosas mejoren en casa, en la calle, en el mundo. Que la gente entienda que esta mal robar, mentir, matar, que las preferencias sexuales no deben crucificar a nadie, que al final solo somos diferentes, ni mejores ni peores. Y cada noche me acuesto defraudada, al menos por ahora…






martes, 25 de abril de 2017

Cuando no sabes ver...



Me senté al lado suyo en el policlínico Guillermo Tejas. Yo esperaba un turno para cobrar y asumí que ella también. Normalmente soy muy reservada, pero con los completos desconocidos me invade una espontaneidad inexplicable. Ni siquiera recuerdo quién habló primero, pero esa mañana, sin saber porqué, descargué toda mi frustración en la mujer a mi izquierda.
Comencé quejándome del calor infernal. Hablé mal de las personas que no respetan las colas y lo condenado que estamos a las largas filas en casi todos los lugares. Aseguré estar muy apurada aunque en realidad no tenía nada urgente que hacer. Y cuando un niño armó una perreta frente a mí, caí en el tema de lo difícil que es ser madre, y como una ronda, casi al borde de la locura.
Cuando ya no me quedaba nada por decir le pregunté si a ella le faltaba mucho en la cola, y me dijo que no estaba allí para cobrar, esperaba a una doctora para un medicamento raro que no memoricé, llevaba en el lugar casi dos horas, pero no tenía prisas. Debe haber sido mi cara de despiste lo que le hizo explicar: “Yo tengo cáncer, ya nunca estoy apurada”.
Fue clara  en el decir, sin muchos adjetivos. Me contó de la desesperación, de la verdadera locura y de la sobriedad que queda después que alguien acepta lo inevitable. Se expresó con una tranquilidad que me hizo avergonzarme por mi efusión sin criterio.
Me aconsejó vestir de blanco para contrarrestar el calor, y llevar una novela, algún libro o revista para hacer más tolerable  la espera, por aquello de que “es peor el que protesta que  el que se cuela”.
Con mi niño la lección fue sencilla, disfrutar un poco sus travesuras, porque lo  que hoy me agobia no es más que un regalo que no he sabido descifrar, “una vive la maternidad exigiéndose tanto que olvida por completo, darse un respiro y aprovechar cada minuto de la infancia de los hijos”.
Me contó que hace tiempo había comenzado un pequeño proyecto para escapar del estrés, y ahora coleccionaba cactus, intercambiaba algunos con amigos, visitaba lugares en busca de nuevas variedades, y esa actividad le era tan gratificante que a penas podía esperar otro día para ampliar su reservoriode macetas de barro.
Dijo mucho más, algunas cosas me hicieron estremecer a pesar del  optimismo. En minutos, trastocó mi mañana con una sabiduría pasmosa. Nunca pregunté su nombre. Pero escribí estas líneas de un tirón como suerte de agradecimiento. Sin esperarlo me llevé una lección de las buenas, de esas que una necesita, cuando, aun con los ojos abiertos, no ha aprendido a ver la vida.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Juventud con alas

La mañana se le viene encima como la mancha sepia de sus cuatro paredes. Y allí dentro, sus alas demandan cada vez más espacio. Casi a un paso de los 30. Imbuida, o más bien absorta en esta, su realidad, que drena a cuenta gotas  gritos mudos, también suyos, por un poco de independencia, por ese vuelo prolongado, lejos del hogar familiar.
Y al lado de su brazo una figurita pequeña le crece, como una extensión natural, pero que cada vez se siente más deliciosamente pesado en sus espaldas. Su hija es la realidad más tangible. Por ella le desborda la necesidad de un hogar propio, de rutinas coherentes a su percepción de la convivencia, de un soplo de privacidad para continuar con esa vida pospuesta que alguna vez de tanto imaginar creyó cercana.
Él es más simple y a la vez más complejo. Todos los días regresa del trabajo con una expresión cansada que no refleja precisamente los desmanes del cuerpo. Recuerda cuando entró a la universidad y creyó que una vez graduado su perfil sería  más extenso, pero han pasado los años y a veces no entiende para qué   tanta lección que no ha podido aplicar a plenitud.
Sus compañeros se han ido amoldando a las circunstancias. Algunos, mochila en mano o con una dirección  en el bolsillo, fueron más audaces y consiguieron trabajo en La Habana, el viejo sueño de conquistar la capital. Pero él tiene por esta ciudad un latido profundo, acá en medio de esta arquitectura ecléctica quiere ver crecer a sus hijos. Sabe que tiene mucho que ofrecer y solo espera una oportunidad, que puede estar cerca.
La juventud está llena de aspiraciones. Él y ella son solo un pretexto. Siempre hay un par de alas pujando hacia arriba en la espalda más insospechada, con propósitos cercanos o no tanto, pero casi siempre dignos de ser escuchados porque llevan el estigma de una generación que ha crecido con coraje, con una valentía a prueba de limitaciones.
He escuchado a muchos, incluso  muy jóvenes, asegurar que estas generaciones se van acomodando, que la dureza de estos tiempos ha terminado por deglutir sus aspiraciones, y la mayoría anda por ahí medio devorada por una apatía insaciable, mientras otros solo saben criticar. El cambio perceptible de mi tensión arterial me puso el aviso y me ha hecho contestar las más de las veces: afortunadamente, están muy equivocados.
Día a día un montón de caras jóvenes laboran en todas esferas, muchos lideran proyectos trascendentes, salvan literalmente vidas humanas, dentro y fuera de Cuba, o más simple, conducen el transporte con el que se beneficia toda una ciudad. El caso es que cada cual entrega lo que puede y en cualesquiera de los casos me atrevo a asegurar que hay de por medio sacrificio.  Detrás de estas caras, no lo dude, también hay historias con necesidades y aspiraciones tangibles, pero recuerde que han puesto sus sueños en esta ciudad y han dejado aquí sus manos para hacerlos posible.
 La mía no ha sido nunca una generación de medias tintas. Crecimos con un apego confeso a la realidad y ante todo un amor heredado por esta sociedad, que con sus limitaciones y carencias, es nuestro hogar. A usted que me lee le convido, como Silvio,  a creer cuando digo futuro. Por dos o tres casos aislados no juzgue a una juventud que solo merece su respeto, porque se ha cargado en hombros el coraje de hacer y de ser más, una juventud de la que como parte y nunca juez, yo me siento orgullosa.

martes, 14 de febrero de 2017

El amor en los tiempos de la WIFI


A metros de distancia puede olerse la historia… Ani se sube a un muro. Coloca audífonos en sus oídos y espera hasta que por fin hay una imagen del otro lado del teléfono. El muchacho sin camisa le regala un beso a punta de dedos. Ella saluda también…
 La muchedumbre “conectada” apenas lo advierte, pero Ani tiembla, porque aún a miles de kilómetros de distancia, el joven que le sonríe, virtualmente, es la persona más cercana en su vida. Por eso se hace tan extensa la pausa detrás del “hola, como estás mi amor”.
Hace cinco años ella conoció a Maikel. Fueron amigos primero y se enamoraron después. Ani aún se queja porque no fue amor a primera vista, pero el cariño se volvió necesidad, crearon puentes, y en un abrir y cerrar de ojos estaban como hechizados por un raro sentimiento donde ya no podía habitar uno sin el otro.
Justo después de la boda la posibilidad de que su esposo se fuera de misión a Venezuela se volvió real. Sin el tiempo suficiente de convivencia, aún con las gavetas a medio llenar, ella se encontró el santo día pendiente a los mensajes de texto, haciendo maromas para descifrar la magia indescifrable del correo Nauta, parada sobre un muro para lograr una llamada por imo.
Confiesa que es muy difícil mantener una relación a distancia. “Las rutinas cambian, las comunicaciones tampoco ayudan. Recuerdo que la primera vez que tuve una discusión con Maikel se me acabó el saldo y lo dejé hablando solo. Cuando pude recargar el teléfono las cosas habían subido de tono y él estaba realmente molesto.
“La mayoría del tiempo estoy entre melancólica, triste, incluso deprimida. Y todas esas sensaciones me toca disimularlas a la hora de escribir un mensaje. Cuando me conecto intento siempre parecer despreocupada, porque mi esposo, de por sí siempre está estresado, si yo me quejo también, entonces no aprovechamos el poco tiempo que tenemos para conversar.
“La primera vez que vi el video de la canción Androides, del Chacal, te juro que lloré, porque es exactamente eso lo que estoy viviendo. Virtualmente todo es más frío, más incierto, más extraño, mi Maikel a veces me parece tan lejano, aunque pueda verlo del otro lado. Las cercanías y las distancias se confunden.
“El tema de los celos, de ambas partes tampoco ayuda. Y el caso es que no conozco ahora las rutinas de mi esposo. Se escuchan tantas historias. A veces cuando no me responde al momento, mi cabeza vuela. ..
“Hay días más difíciles que otros. La verdad hay algunos insoportables. Pero los miles de kilómetros se esfuman cuando una está escuchando una canción, mirando una película y de repente suena el teléfono, y del otro lado tu pareja te dice estoy escuchando a Mayco de Alma y te extraño… Y una está haciendo exactamente lo mismo. Seguimos conectados a pesar de todo. Esos momentos destrozan cualquier tipo de obstáculo.
“He madurado en estos meses, a la fuerza,  claro. Aprendí que no puedo ponerme brava por nimiedades, y cuando las discusiones son inevitables hay que terminarlas ahí, perdonarse, dejar a un lado los resentimientos e irse a dormir en paz. Porque en la distancia no hay besos, ni abrazos en la noche para hacer las paces. Se aprende también a ser más compañera, más amiga”.
Este 14 de Febrero será el primero que celebre Ani desde una zona Wifi, debajo de alguna sombrilla, tal vez exaltada porque a algunos les resulta fácil mientras la imagen en su teléfono se congela cada cuatro palabras.

Se arreglará el pelo e intentará lucir hermosa para compartir solo 120 minutos con Maikel. Un tiempo minúsculo, pero los sentimientos no son palabras, no son horas, a veces ni siquiera tienen rostros… Cuando el amor es realmente fuerte, bastan segundos para tener la certeza, de que no importan las distancias.

martes, 17 de enero de 2017

"En las fronteras se pierde mucho más que dinero..."


Las historias que había escuchado se desvanecieron de golpe. Mucha gente le aseguró que la travesía era difícil, pero cuando se encontró frente a la frontera de Estados Unidos, con el nombre y el cuerpo mancillado por la vergüenza, asumió que nadie había perdido tanto como ella, que el viaje al soñado “paraíso americano” le había cambiado para siempre.
Cinco meses antes había llegado a Ecuador. Eran un grupo de 15 personas con la intención de atravesar ocho fronteras. Todos habían vendido sus bienes en Cuba. Particularmente ella cosechaba una deuda de cinco mil CUC con un familiar no tan cercano, así que su camino no tenía retorno, ella no podía darse esos lujos.
En Quito un abogado le dio los números de teléfono de distintas personas en una supuesta ruta segura. Le aconsejaron que cuidaran los carnets de identidad para que pudieran acogerse sin problemas a la Ley de Ajuste Cubano.
Dos meses después, Ana y seis personas empezaron la travesía. Se adentraron en Colombia y atravesaron disímiles parajes para coger la famosa lancha en Turbo. Esa fue su primera señal de mala suerte. Un resbalón la puso de repente en el agua agitada, y por más gritos que dio el hombre a cargo anduvo un buen tramo sin dignarse a recogerla. Un cubano, que ella conocía de vista le dio un puñetazo al hombre y lo obligó a regresar. De otra manera su viaje hubiese terminado allí.
La próxima parada fue  en puerto Obaldía, Panamá. Allí permaneció cinco días. El dinero se esfumaba porque cada vez se necesitaba más para hacer papeles y pagarle a los intermediarios.  Tuvo que caminar y hacer botella a lo cubano. Al final cruzó en un bus de Ciudad Panamá hasta Costa Rica. A su paso encontró otros paisanos con las mismas intenciones. Todos con caras de preocupación y algunos daban gritos como niños, preguntándose quien rayos los mandó a llegar ahí.
En Costa Rica estuvo un buen tiempo esperando por un salvo conducto. La estafaron dos personas, hasta que pasó a Nicaragua y de ahí a Honduras. En todo ese tiempo nunca estuvo tranquila, siempre surgía un imprevisto y su vida estaba literalmente en peligro. Finalmente llegó a Guatemala. En un albergue improvisado, mientras se bañaba, uno de los que la acompañaban le robó casi todo el dinero, de forma tal que llegó a México apenas con mil dólares americanos.
Desde el inicio le advirtieron que esa “plata” no era suficiente, pero Ana decidió aventurarse. En Monterrey el último contacto telefónico les respondió. Un camión los llevaría hasta la frontera de los EUA por Laredo, cada cual debía pagar dos mil 500 dólares.
Esa tarde comenzó la peor pesadilla de Ana. Eran cinco mexicanos. La dejaron subir a pesar de no tener todo el dinero. Pero en cuanto oscureció detuvieron el vehículo, hicieron bajar a los demás y la violaron los cuatro hombres, mientras otro le apuntaba con un arma al asustado equipo.
Ella asegura que nunca va a olvidar aquellas horas. Le dieron muchos golpes, la obligaban a tomar ron. La fueron violando de uno en uno mientras los otros miraban, y le gritaban cochinadas.

 En algún momento pensó que iban a matarla… pero llegó a la frontera, medio inconsciente y llena de sangre. Recuerda que a pesar del dolor, se le cayó la cara de vergüenza cuando el más viejo del equipo pidió un médico para ella y dijo muy alto, “a esa muchacha prácticamente la violó todo México y no puede caminar”.
Lamentablemente muchos cubanos han vivido situaciones similares, incluso más tristes. Por Ana y otros tantísimos nombres, el Gobierno cubano insiste en garantizar una migración segura, ordenada y legal.
ESTA HISTORIA FUE A TRAVÉS DE FACEBOOK
LA PROTAGONISTA ACCEDIÓ A DARNOS SU TESTIMONIO CON LA CONDICIÓN DE MANTENER SU ANONIMATO