Me preguntas??? Estas ansias escapan a la mera definición de profesión; son de alguna manera una especie de estigma o esencia que encuentra las palabras exactas para enmarcarte en una condición más que en un concepto… y luego la realidad es más sencilla o más complicada?: escribes porque vives y vives porque escribes.

martes, 14 de febrero de 2017

El amor en los tiempos de la WIFI


A metros de distancia puede olerse la historia… Ani se sube a un muro. Coloca audífonos en sus oídos y espera hasta que por fin hay una imagen del otro lado del teléfono. El muchacho sin camisa le regala un beso a punta de dedos. Ella saluda también…
 La muchedumbre “conectada” apenas lo advierte, pero Ani tiembla, porque aún a miles de kilómetros de distancia, el joven que le sonríe, virtualmente, es la persona más cercana en su vida. Por eso se hace tan extensa la pausa detrás del “hola, como estás mi amor”.
Hace cinco años ella conoció a Maikel. Fueron amigos primero y se enamoraron después. Ani aún se queja porque no fue amor a primera vista, pero el cariño se volvió necesidad, crearon puentes, y en un abrir y cerrar de ojos estaban como hechizados por un raro sentimiento donde ya no podía habitar uno sin el otro.
Justo después de la boda la posibilidad de que su esposo se fuera de misión a Venezuela se volvió real. Sin el tiempo suficiente de convivencia, aún con las gavetas a medio llenar, ella se encontró el santo día pendiente a los mensajes de texto, haciendo maromas para descifrar la magia indescifrable del correo Nauta, parada sobre un muro para lograr una llamada por imo.
Confiesa que es muy difícil mantener una relación a distancia. “Las rutinas cambian, las comunicaciones tampoco ayudan. Recuerdo que la primera vez que tuve una discusión con Maikel se me acabó el saldo y lo dejé hablando solo. Cuando pude recargar el teléfono las cosas habían subido de tono y él estaba realmente molesto.
“La mayoría del tiempo estoy entre melancólica, triste, incluso deprimida. Y todas esas sensaciones me toca disimularlas a la hora de escribir un mensaje. Cuando me conecto intento siempre parecer despreocupada, porque mi esposo, de por sí siempre está estresado, si yo me quejo también, entonces no aprovechamos el poco tiempo que tenemos para conversar.
“La primera vez que vi el video de la canción Androides, del Chacal, te juro que lloré, porque es exactamente eso lo que estoy viviendo. Virtualmente todo es más frío, más incierto, más extraño, mi Maikel a veces me parece tan lejano, aunque pueda verlo del otro lado. Las cercanías y las distancias se confunden.
“El tema de los celos, de ambas partes tampoco ayuda. Y el caso es que no conozco ahora las rutinas de mi esposo. Se escuchan tantas historias. A veces cuando no me responde al momento, mi cabeza vuela. ..
“Hay días más difíciles que otros. La verdad hay algunos insoportables. Pero los miles de kilómetros se esfuman cuando una está escuchando una canción, mirando una película y de repente suena el teléfono, y del otro lado tu pareja te dice estoy escuchando a Mayco de Alma y te extraño… Y una está haciendo exactamente lo mismo. Seguimos conectados a pesar de todo. Esos momentos destrozan cualquier tipo de obstáculo.
“He madurado en estos meses, a la fuerza,  claro. Aprendí que no puedo ponerme brava por nimiedades, y cuando las discusiones son inevitables hay que terminarlas ahí, perdonarse, dejar a un lado los resentimientos e irse a dormir en paz. Porque en la distancia no hay besos, ni abrazos en la noche para hacer las paces. Se aprende también a ser más compañera, más amiga”.
Este 14 de Febrero será el primero que celebre Ani desde una zona Wifi, debajo de alguna sombrilla, tal vez exaltada porque a algunos les resulta fácil mientras la imagen en su teléfono se congela cada cuatro palabras.

Se arreglará el pelo e intentará lucir hermosa para compartir solo 120 minutos con Maikel. Un tiempo minúsculo, pero los sentimientos no son palabras, no son horas, a veces ni siquiera tienen rostros… Cuando el amor es realmente fuerte, bastan segundos para tener la certeza, de que no importan las distancias.

martes, 17 de enero de 2017

"En las fronteras se pierde mucho más que dinero..."


Las historias que había escuchado se desvanecieron de golpe. Mucha gente le aseguró que la travesía era difícil, pero cuando se encontró frente a la frontera de Estados Unidos, con el nombre y el cuerpo mancillado por la vergüenza, asumió que nadie había perdido tanto como ella, que el viaje al soñado “paraíso americano” le había cambiado para siempre.
Cinco meses antes había llegado a Ecuador. Eran un grupo de 15 personas con la intención de atravesar ocho fronteras. Todos habían vendido sus bienes en Cuba. Particularmente ella cosechaba una deuda de cinco mil CUC con un familiar no tan cercano, así que su camino no tenía retorno, ella no podía darse esos lujos.
En Quito un abogado le dio los números de teléfono de distintas personas en una supuesta ruta segura. Le aconsejaron que cuidaran los carnets de identidad para que pudieran acogerse sin problemas a la Ley de Ajuste Cubano.
Dos meses después, Ana y seis personas empezaron la travesía. Se adentraron en Colombia y atravesaron disímiles parajes para coger la famosa lancha en Turbo. Esa fue su primera señal de mala suerte. Un resbalón la puso de repente en el agua agitada, y por más gritos que dio el hombre a cargo anduvo un buen tramo sin dignarse a recogerla. Un cubano, que ella conocía de vista le dio un puñetazo al hombre y lo obligó a regresar. De otra manera su viaje hubiese terminado allí.
La próxima parada fue  en puerto Obaldía, Panamá. Allí permaneció cinco días. El dinero se esfumaba porque cada vez se necesitaba más para hacer papeles y pagarle a los intermediarios.  Tuvo que caminar y hacer botella a lo cubano. Al final cruzó en un bus de Ciudad Panamá hasta Costa Rica. A su paso encontró otros paisanos con las mismas intenciones. Todos con caras de preocupación y algunos daban gritos como niños, preguntándose quien rayos los mandó a llegar ahí.
En Costa Rica estuvo un buen tiempo esperando por un salvo conducto. La estafaron dos personas, hasta que pasó a Nicaragua y de ahí a Honduras. En todo ese tiempo nunca estuvo tranquila, siempre surgía un imprevisto y su vida estaba literalmente en peligro. Finalmente llegó a Guatemala. En un albergue improvisado, mientras se bañaba, uno de los que la acompañaban le robó casi todo el dinero, de forma tal que llegó a México apenas con mil dólares americanos.
Desde el inicio le advirtieron que esa “plata” no era suficiente, pero Ana decidió aventurarse. En Monterrey el último contacto telefónico les respondió. Un camión los llevaría hasta la frontera de los EUA por Laredo, cada cual debía pagar dos mil 500 dólares.
Esa tarde comenzó la peor pesadilla de Ana. Eran cinco mexicanos. La dejaron subir a pesar de no tener todo el dinero. Pero en cuanto oscureció detuvieron el vehículo, hicieron bajar a los demás y la violaron los cuatro hombres, mientras otro le apuntaba con un arma al asustado equipo.
Ella asegura que nunca va a olvidar aquellas horas. Le dieron muchos golpes, la obligaban a tomar ron. La fueron violando de uno en uno mientras los otros miraban, y le gritaban cochinadas.

 En algún momento pensó que iban a matarla… pero llegó a la frontera, medio inconsciente y llena de sangre. Recuerda que a pesar del dolor, se le cayó la cara de vergüenza cuando el más viejo del equipo pidió un médico para ella y dijo muy alto, “a esa muchacha prácticamente la violó todo México y no puede caminar”.
Lamentablemente muchos cubanos han vivido situaciones similares, incluso más tristes. Por Ana y otros tantísimos nombres, el Gobierno cubano insiste en garantizar una migración segura, ordenada y legal.
ESTA HISTORIA FUE A TRAVÉS DE FACEBOOK
LA PROTAGONISTA ACCEDIÓ A DARNOS SU TESTIMONIO CON LA CONDICIÓN DE MANTENER SU ANONIMATO

domingo, 27 de noviembre de 2016

Una despedida sin adiós

La noticia fue electrizante, aun cuando sabíamos que no siempre iba a estar en este mundo. Pero eran 90 años de una lucidez inquebrantable. Todavía tenía tanto que decir…
Fue triste escuchar a Raúl. Sobretodo porque en esta suerte de despedida se perdía al mas grande, a la mente más brillante, al hombre que desde niños aprendimos a querer de forma instintiva. Nunca hubo distancias con Fidel, siempre estuvo ahí, a la vuelta de cualquier problema, para abrazar a los niños y poner la mano sobre el hombro de cualquier hombre de pueblo.
Desde ese día todos amanecimos más unidos y  junto al dolor innegable que alguno exteriorizaron con lágrimas, y otros con un vacío en el pecho, igual de lacerante, el pensamiento que aflora por doquier es un agradecimiento infinito. Por nacer ante todo, por atacar el Moncada, por regresar en el Granma, por haber sido ese gigante con la mirada más limpia que pueden guardar unos ojos.
Le recordamos de verde olivo, en todos los momentos buenos, y no tan buenos de nuestra Revolución. Era un líder nato, respetado incluso por los enemigos de sus ideas fuera de Cuba.
Si uno salía alguna vez de la isla, lo primero que la gente solía preguntar, era cómo era Fidel. Y una se quedaba absorta, al menos en mi caso. Porque es difícil definirlo con adjetivos que usamos todo el tiempo. Fidel ha estado siempre por encima de las palabras, sus convicciones y preceptos han sido indiscutiblemente más de ver que de contar.
Hoy estamos viviendo un momento triste, pero como Fidel siempre fue Cuba, de muchas maneras, en Cuba siempre estará Fidel. Cómo despedirnos que alguien que siempre estuvo por encima del tiempo y las distancias. Es cosa imposible. Pero intentémoslo con una frase conocida: Hasta Siempre Comandante…


jueves, 24 de noviembre de 2016

Una historia para defender


En un abrir y cerrar de ojos se puso frente a mi en la cola de la farmacia. Primero me miraba de forma intermitente, hasta que se atrevió a tocarme, suavemente, por el hombro. Fue muy directo. Me dijo que había leído un artículo mío sobre un muchacho con VIH y le gustaría que habláramos un momento…
Era un muchacho de 27 años, aunque me pareció mucho mayor. Tenía un título universitario y sabía de memoria varios versos de Borges. Se refería a él mismo como “sidoso”, y tuvo la desventura de contagiarse y no saber exactamente con cual de sus parejas.
Me contó que desde entonces su vida se había echo un desastre. Al parecer su familia permutó la casa de 40 años por dos apartamentos.  En uno de los domicilios quedó él marginado, segregado de todos, sin muebles, ni parientes, hasta al perro le quitaron para que no se contagiara. Solo la mancha de agua en las paredes le brindó compañía.
Raras veces lo visitaban, pero cuando un simple catarro casi lo lleva al borde de la muerte, descubrió que no solo estaban ausentes de su casa, sino también de su suerte.
Había disfrutado la homosexualidad como si fuera sinónimo de promiscuidad. Unas veces el ron y otras la inmadurez lo llevaron a cruzar límites imprescindibles. Tristemente fue la cruz del Sida quien le hizo despertar aunque ahora no sabe si tiene “suficiente tiempo para arrepentirse”.
Y justo cuando pensé que ya lo había escuchado todo, vino un punto de giro sorprendente. El muchacho que me abordó en la farmacia estaba completamente triste. Y la causa no era su delicada situación de salud, el hecho de estar desempleado, aislado de su familia y juzgado por todo el barrio. La razón de su pesar movía fibras mucho más sensibles, alguien le había roto el corazón.
Me confesó que hacía unos meses había conocido al amor de su vida, deduzco que por ese  entonces memorizó los versos de Borges. Las cosas iban muy bien hasta que le confesó su condición, y su pareja se fue. No había vuelto a contestarle las llamadas.
Entonces me dijo algo que me removió la última gota de escepticismo. Según él aunque pareciera que se había hablado y escrito mucho sobre el VIH, aún no es suficiente, pues queda demasiada gente prejuiciosa e ignorante que piensa que “a los sidosos solo les resta morirse de una vez”.
La verdad es que las parejas serodiscordantes son una realidad, y cuando se extreman las medidas de protección los riesgos son mínimos. ¿Será que hay gente que aún no sabe eso?
Las personas que viven con VIH sufren una enfermedad letal, no necesitan cargas adicionales. Precisan que el resto de la sociedad no los considere, constantemente, una amenaza como vecinos, colegas, familiares o pareja.
La charla fue larga. El muchacho de aquella tarde era un romántico, estaba resentido o asustado, o todas las cosas a la vez. Pero más profundo también era un hombre lidiando con mil fantasmas, con molinos más reales como gigantes. Y para colmo los tabúes, los prejuicios y el desconocimiento, intentaban hacer, si eso fuera posible, más difícil su vida. Me pidió que escribiera sobre el tema, modestamente he intentado complacerlo.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Tras unas gafas oscuras...




Era una muchacha joven, de esas que no miraba más allá de sus ojos. Y cuando creyó estar enamoraba confundió los términos y se encerró en una suerte de jaula de donde ya después no supo cómo salir. Repitió día tras día la misma rutina, siempre entre cuatro paredes. Nunca entendió en qué punto cambiaron las cosas, pero en un abrir y cerrar de ojos se encontró escondiendo tras unas gafas oscuras un moretón en el ojo.
Al principio pensó que todo era producto de los celos. Y aún cuando sonara muy enfermo, el primer puñetazo fue algo así como la confirmación de todo el amor que su esposo sentía, del miedo inmenso de perderla. Y  le supo dulce el golpe, porque según ella venía de más adentro, de algún lugar recóndito del sentimiento.
Los primeros meses las gafas resolvieron. Nadie sabía exactamente el aire enrarecido que primaba en su hogar. Pero los golpes fueron cambiando de lugar, y la rabia era cada vez mayor, como si ella fuera un animal que necesitaba ser domesticado a la fuerza, por aquello de que la supremacía de género hay que definirla desde los comienzos, mejor tener bien claro quién manda dentro de casa.
El supuesto secreto se volvió un rumor de barrio y luego se hizo más evidente. Vivían en una casa pequeña de tablas y hubo un momento en que los puñetazos podían escucharse perfectamente desde la calle. Mucha gente comenzó a mirarla con lástima, pero la mayoría asumió el hecho como una vergüenza propia, algo que no debería suceder y que los niños no tenían porqué escuchar.
Su madre vino algunas veces y se la llevó a la fuerza, indignada ante tan poca autoestima. Pero el círculo vicioso se repetía vez tras vez. Una pequeña luna de miel y después el mismo ritmo enfermizo. Ella guardó años de dolor, de humillación, de cicatrices de lesiones que calaron mucho más adentro de la piel desgarrada.
Todas las historias no tienen finales felices, ni la gente hace exactamente lo que debería. La muchacha de quien escribo no es tan diferente a otras mujeres. Ella aún sigue en su mismo matrimonio que va para dos décadas, pero estudió, encontró una profesión, se las arregló incluso para devolver alguna que otra ofensa y ha encontrado un equilibro, donde hoy se siente respetada. Al menos tiene otras opciones, sabe que existen otros caminos.
La violencia doméstica siempre será penosa. Un moretón, incluso un amago, va en contra de uno de los preceptos vitales por los que lucha nuestra sociedad, un mundo libre de dolor infringido, de gafas oscuras como telón, de falsos sentimientos, de lobos disfrazados de ovejas, de niños que guardan secretos muy grandes para su edad, de gente que mira y también sufre.
El Estado cubano tiene leyes muy estrictas contra la violencia de género, pero el flagelo nace y crece dentro del hogar, del desconocimiento de la gente que cree en falsos mitos. Aquello de que “me golpea porque me quiere mucho”, “perdió la cabeza”, “los celos lo volvieron loco”, “había tomado, él normalmente no es así”, son mentiras que una no quiere encarar. El matrimonio no tiene que ser obligatoriamente una institución eterna, donde se admita lo imperdonable.
Es bueno encontrar compañía, le hace a uno sentirse más fuerte, casi invencible, y los sentimientos pueden retorcerse, eclipsarse y llegar a recovecos desconocidos. Hay muchas formas de exteriorizar y expresar las emociones. Sabina lo dice a su manera porque el amor cuando no muere mata, y amores que matan nunca mueren… Pero no hay nada de violencia en esa metáfora. Cada relación escribe su historia, con límites y alcances, pero sin moretones, cicatrices, ni puñetazos que lamentar.