Me preguntas??? Estas ansias escapan a la mera definición de profesión; son de alguna manera una especie de estigma o esencia que encuentra las palabras exactas para enmarcarte en una condición más que en un concepto… y luego la realidad es más sencilla o más complicada?: escribes porque vives y vives porque escribes.

martes, 17 de enero de 2017

"En las fronteras se pierde mucho más que dinero..."


Las historias que había escuchado se desvanecieron de golpe. Mucha gente le aseguró que la travesía era difícil, pero cuando se encontró frente a la frontera de Estados Unidos, con el nombre y el cuerpo mancillado por la vergüenza, asumió que nadie había perdido tanto como ella, que el viaje al soñado “paraíso americano” le había cambiado para siempre.
Cinco meses antes había llegado a Ecuador. Eran un grupo de 15 personas con la intención de atravesar ocho fronteras. Todos habían vendido sus bienes en Cuba. Particularmente ella cosechaba una deuda de cinco mil CUC con un familiar no tan cercano, así que su camino no tenía retorno, ella no podía darse esos lujos.
En Quito un abogado le dio los números de teléfono de distintas personas en una supuesta ruta segura. Le aconsejaron que cuidaran los carnets de identidad para que pudieran acogerse sin problemas a la Ley de Ajuste Cubano.
Dos meses después, Ana y seis personas empezaron la travesía. Se adentraron en Colombia y atravesaron disímiles parajes para coger la famosa lancha en Turbo. Esa fue su primera señal de mala suerte. Un resbalón la puso de repente en el agua agitada, y por más gritos que dio el hombre a cargo anduvo un buen tramo sin dignarse a recogerla. Un cubano, que ella conocía de vista le dio un puñetazo al hombre y lo obligó a regresar. De otra manera su viaje hubiese terminado allí.
La próxima parada fue  en puerto Obaldía, Panamá. Allí permaneció cinco días. El dinero se esfumaba porque cada vez se necesitaba más para hacer papeles y pagarle a los intermediarios.  Tuvo que caminar y hacer botella a lo cubano. Al final cruzó en un bus de Ciudad Panamá hasta Costa Rica. A su paso encontró otros paisanos con las mismas intenciones. Todos con caras de preocupación y algunos daban gritos como niños, preguntándose quien rayos los mandó a llegar ahí.
En Costa Rica estuvo un buen tiempo esperando por un salvo conducto. La estafaron dos personas, hasta que pasó a Nicaragua y de ahí a Honduras. En todo ese tiempo nunca estuvo tranquila, siempre surgía un imprevisto y su vida estaba literalmente en peligro. Finalmente llegó a Guatemala. En un albergue improvisado, mientras se bañaba, uno de los que la acompañaban le robó casi todo el dinero, de forma tal que llegó a México apenas con mil dólares americanos.
Desde el inicio le advirtieron que esa “plata” no era suficiente, pero Ana decidió aventurarse. En Monterrey el último contacto telefónico les respondió. Un camión los llevaría hasta la frontera de los EUA por Laredo, cada cual debía pagar dos mil 500 dólares.
Esa tarde comenzó la peor pesadilla de Ana. Eran cinco mexicanos. La dejaron subir a pesar de no tener todo el dinero. Pero en cuanto oscureció detuvieron el vehículo, hicieron bajar a los demás y la violaron los cuatro hombres, mientras otro le apuntaba con un arma al asustado equipo.
Ella asegura que nunca va a olvidar aquellas horas. Le dieron muchos golpes, la obligaban a tomar ron. La fueron violando de uno en uno mientras los otros miraban, y le gritaban cochinadas.

 En algún momento pensó que iban a matarla… pero llegó a la frontera, medio inconsciente y llena de sangre. Recuerda que a pesar del dolor, se le cayó la cara de vergüenza cuando el más viejo del equipo pidió un médico para ella y dijo muy alto, “a esa muchacha prácticamente la violó todo México y no puede caminar”.
Lamentablemente muchos cubanos han vivido situaciones similares, incluso más tristes. Por Ana y otros tantísimos nombres, el Gobierno cubano insiste en garantizar una migración segura, ordenada y legal.
ESTA HISTORIA FUE A TRAVÉS DE FACEBOOK
LA PROTAGONISTA ACCEDIÓ A DARNOS SU TESTIMONIO CON LA CONDICIÓN DE MANTENER SU ANONIMATO

domingo, 27 de noviembre de 2016

Una despedida sin adiós

La noticia fue electrizante, aun cuando sabíamos que no siempre iba a estar en este mundo. Pero eran 90 años de una lucidez inquebrantable. Todavía tenía tanto que decir…
Fue triste escuchar a Raúl. Sobretodo porque en esta suerte de despedida se perdía al mas grande, a la mente más brillante, al hombre que desde niños aprendimos a querer de forma instintiva. Nunca hubo distancias con Fidel, siempre estuvo ahí, a la vuelta de cualquier problema, para abrazar a los niños y poner la mano sobre el hombro de cualquier hombre de pueblo.
Desde ese día todos amanecimos más unidos y  junto al dolor innegable que alguno exteriorizaron con lágrimas, y otros con un vacío en el pecho, igual de lacerante, el pensamiento que aflora por doquier es un agradecimiento infinito. Por nacer ante todo, por atacar el Moncada, por regresar en el Granma, por haber sido ese gigante con la mirada más limpia que pueden guardar unos ojos.
Le recordamos de verde olivo, en todos los momentos buenos, y no tan buenos de nuestra Revolución. Era un líder nato, respetado incluso por los enemigos de sus ideas fuera de Cuba.
Si uno salía alguna vez de la isla, lo primero que la gente solía preguntar, era cómo era Fidel. Y una se quedaba absorta, al menos en mi caso. Porque es difícil definirlo con adjetivos que usamos todo el tiempo. Fidel ha estado siempre por encima de las palabras, sus convicciones y preceptos han sido indiscutiblemente más de ver que de contar.
Hoy estamos viviendo un momento triste, pero como Fidel siempre fue Cuba, de muchas maneras, en Cuba siempre estará Fidel. Cómo despedirnos que alguien que siempre estuvo por encima del tiempo y las distancias. Es cosa imposible. Pero intentémoslo con una frase conocida: Hasta Siempre Comandante…


jueves, 24 de noviembre de 2016

Una historia para defender


En un abrir y cerrar de ojos se puso frente a mi en la cola de la farmacia. Primero me miraba de forma intermitente, hasta que se atrevió a tocarme, suavemente, por el hombro. Fue muy directo. Me dijo que había leído un artículo mío sobre un muchacho con VIH y le gustaría que habláramos un momento…
Era un muchacho de 27 años, aunque me pareció mucho mayor. Tenía un título universitario y sabía de memoria varios versos de Borges. Se refería a él mismo como “sidoso”, y tuvo la desventura de contagiarse y no saber exactamente con cual de sus parejas.
Me contó que desde entonces su vida se había echo un desastre. Al parecer su familia permutó la casa de 40 años por dos apartamentos.  En uno de los domicilios quedó él marginado, segregado de todos, sin muebles, ni parientes, hasta al perro le quitaron para que no se contagiara. Solo la mancha de agua en las paredes le brindó compañía.
Raras veces lo visitaban, pero cuando un simple catarro casi lo lleva al borde de la muerte, descubrió que no solo estaban ausentes de su casa, sino también de su suerte.
Había disfrutado la homosexualidad como si fuera sinónimo de promiscuidad. Unas veces el ron y otras la inmadurez lo llevaron a cruzar límites imprescindibles. Tristemente fue la cruz del Sida quien le hizo despertar aunque ahora no sabe si tiene “suficiente tiempo para arrepentirse”.
Y justo cuando pensé que ya lo había escuchado todo, vino un punto de giro sorprendente. El muchacho que me abordó en la farmacia estaba completamente triste. Y la causa no era su delicada situación de salud, el hecho de estar desempleado, aislado de su familia y juzgado por todo el barrio. La razón de su pesar movía fibras mucho más sensibles, alguien le había roto el corazón.
Me confesó que hacía unos meses había conocido al amor de su vida, deduzco que por ese  entonces memorizó los versos de Borges. Las cosas iban muy bien hasta que le confesó su condición, y su pareja se fue. No había vuelto a contestarle las llamadas.
Entonces me dijo algo que me removió la última gota de escepticismo. Según él aunque pareciera que se había hablado y escrito mucho sobre el VIH, aún no es suficiente, pues queda demasiada gente prejuiciosa e ignorante que piensa que “a los sidosos solo les resta morirse de una vez”.
La verdad es que las parejas serodiscordantes son una realidad, y cuando se extreman las medidas de protección los riesgos son mínimos. ¿Será que hay gente que aún no sabe eso?
Las personas que viven con VIH sufren una enfermedad letal, no necesitan cargas adicionales. Precisan que el resto de la sociedad no los considere, constantemente, una amenaza como vecinos, colegas, familiares o pareja.
La charla fue larga. El muchacho de aquella tarde era un romántico, estaba resentido o asustado, o todas las cosas a la vez. Pero más profundo también era un hombre lidiando con mil fantasmas, con molinos más reales como gigantes. Y para colmo los tabúes, los prejuicios y el desconocimiento, intentaban hacer, si eso fuera posible, más difícil su vida. Me pidió que escribiera sobre el tema, modestamente he intentado complacerlo.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Tras unas gafas oscuras...




Era una muchacha joven, de esas que no miraba más allá de sus ojos. Y cuando creyó estar enamoraba confundió los términos y se encerró en una suerte de jaula de donde ya después no supo cómo salir. Repitió día tras día la misma rutina, siempre entre cuatro paredes. Nunca entendió en qué punto cambiaron las cosas, pero en un abrir y cerrar de ojos se encontró escondiendo tras unas gafas oscuras un moretón en el ojo.
Al principio pensó que todo era producto de los celos. Y aún cuando sonara muy enfermo, el primer puñetazo fue algo así como la confirmación de todo el amor que su esposo sentía, del miedo inmenso de perderla. Y  le supo dulce el golpe, porque según ella venía de más adentro, de algún lugar recóndito del sentimiento.
Los primeros meses las gafas resolvieron. Nadie sabía exactamente el aire enrarecido que primaba en su hogar. Pero los golpes fueron cambiando de lugar, y la rabia era cada vez mayor, como si ella fuera un animal que necesitaba ser domesticado a la fuerza, por aquello de que la supremacía de género hay que definirla desde los comienzos, mejor tener bien claro quién manda dentro de casa.
El supuesto secreto se volvió un rumor de barrio y luego se hizo más evidente. Vivían en una casa pequeña de tablas y hubo un momento en que los puñetazos podían escucharse perfectamente desde la calle. Mucha gente comenzó a mirarla con lástima, pero la mayoría asumió el hecho como una vergüenza propia, algo que no debería suceder y que los niños no tenían porqué escuchar.
Su madre vino algunas veces y se la llevó a la fuerza, indignada ante tan poca autoestima. Pero el círculo vicioso se repetía vez tras vez. Una pequeña luna de miel y después el mismo ritmo enfermizo. Ella guardó años de dolor, de humillación, de cicatrices de lesiones que calaron mucho más adentro de la piel desgarrada.
Todas las historias no tienen finales felices, ni la gente hace exactamente lo que debería. La muchacha de quien escribo no es tan diferente a otras mujeres. Ella aún sigue en su mismo matrimonio que va para dos décadas, pero estudió, encontró una profesión, se las arregló incluso para devolver alguna que otra ofensa y ha encontrado un equilibro, donde hoy se siente respetada. Al menos tiene otras opciones, sabe que existen otros caminos.
La violencia doméstica siempre será penosa. Un moretón, incluso un amago, va en contra de uno de los preceptos vitales por los que lucha nuestra sociedad, un mundo libre de dolor infringido, de gafas oscuras como telón, de falsos sentimientos, de lobos disfrazados de ovejas, de niños que guardan secretos muy grandes para su edad, de gente que mira y también sufre.
El Estado cubano tiene leyes muy estrictas contra la violencia de género, pero el flagelo nace y crece dentro del hogar, del desconocimiento de la gente que cree en falsos mitos. Aquello de que “me golpea porque me quiere mucho”, “perdió la cabeza”, “los celos lo volvieron loco”, “había tomado, él normalmente no es así”, son mentiras que una no quiere encarar. El matrimonio no tiene que ser obligatoriamente una institución eterna, donde se admita lo imperdonable.
Es bueno encontrar compañía, le hace a uno sentirse más fuerte, casi invencible, y los sentimientos pueden retorcerse, eclipsarse y llegar a recovecos desconocidos. Hay muchas formas de exteriorizar y expresar las emociones. Sabina lo dice a su manera porque el amor cuando no muere mata, y amores que matan nunca mueren… Pero no hay nada de violencia en esa metáfora. Cada relación escribe su historia, con límites y alcances, pero sin moretones, cicatrices, ni puñetazos que lamentar.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Cuando el barrio se vuelve familia

De niña los 27 de septiembre eran una de mis fechas preferidas, el preludio del 28, la gran caldosa con bollos de maíz, y el ajetreo de mi cuadra que se volvía mil rostros y manos…
Poco entendía yo en ese entonces de los Comité de Defensa de la Revolución, del compromiso que había detrás del convite. Mi apego era mas al calor, a la fuerza del barrio, a ese bonito derroche de unidad que yo mirada con ojos enormes mientras los adultos se movían como hormigas alrededor de la olla gigante.
Recuerdo que muchas veces hacíamos cadenetas, se ponían carteles y de cada casa salía un búcaro, un ramo de flores, una mesa, un mantel. Y muchos vecinos sacaban sus sillas o banquitos. Ese era el único día del año que me dejaban jugar hasta que me diera sueño, bajo el foco donde se cocinaban junto a las viandas todo tipo de cuentos y comentarios.
Un buen día crecí, de repente era yo una casi adulta frente a los ojos de mi cuadra. Y no se qué paso con los matices, pero las caldosas a mi alrededor se planificaron mucho menos y cada vez fueron más escasos los rostros debajo del alumbrado público. Yo misma en una suerte de apatía olvidé un poco los ímpetus de la cita de septiembre. Como si la vorágine de la vida, la escasez, las limitaciones de todo tipo, amenazaran con llevarse de golpe todo el regocijo que siempre respiré en mi infancia cada aniversario de los CDR.
Pero no necesité mucho para entender a dónde se fue el entusiasmo de algunos barrios, en qué lugar del pasado quedaron las cadenetas y los globos. En realidad solo basta echar una ojeada en otros sitios… La  fecha no ha perdido para nada los bríos. Hay muchas cuadras donde los niños pequeños siguen correteando entre improvisadas mesas cubanas, retardando el ritmo de los adultos que buscan una sazón que hoy se adapta a lo que la gente tiene en casa y comparte para disfrutar en colectivo.
Los CDR siguen vivos no solo por la cubanísima velada o la música de Sara González, que la verdad a mí me sigue poniendo los pelos de punta. Pero a veces confundimos su significado, cuando su fuerza está justamente en adaptarse al momento, en brindar un consejo, hacer una advertencia, o solo dar un plato de comida o una ropa a alguien que realmente lo necesita.
La magia que no descifraba entonces se llama poder de convocatoria, entusiasmo, valor y respeto por las jerarquías. Donde estos florezcan habrá muchísimos más asientos en las calles, bajo la luz de los focos. Y otros tantos niños, como yo, crecerán con un apego, casi instintivo hacia ese abrazo común que son los Comités de Defensa de nuestra Revolución.