Me preguntas??? Estas ansias escapan a la mera definición de profesión; son de alguna manera una especie de estigma o esencia que encuentra las palabras exactas para enmarcarte en una condición más que en un concepto… y luego la realidad es más sencilla o más complicada?: escribes porque vives y vives porque escribes.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Una historia para defender


En un abrir y cerrar de ojos se puso frente a mi en la cola de la farmacia. Primero me miraba de forma intermitente, hasta que se atrevió a tocarme, suavemente, por el hombro. Fue muy directo. Me dijo que había leído un artículo mío sobre un muchacho con VIH y le gustaría que habláramos un momento…
Era un muchacho de 27 años, aunque me pareció mucho mayor. Tenía un título universitario y sabía de memoria varios versos de Borges. Se refería a él mismo como “sidoso”, y tuvo la desventura de contagiarse y no saber exactamente con cual de sus parejas.
Me contó que desde entonces su vida se había echo un desastre. Al parecer su familia permutó la casa de 40 años por dos apartamentos.  En uno de los domicilios quedó él marginado, segregado de todos, sin muebles, ni parientes, hasta al perro le quitaron para que no se contagiara. Solo la mancha de agua en las paredes le brindó compañía.
Raras veces lo visitaban, pero cuando un simple catarro casi lo lleva al borde de la muerte, descubrió que no solo estaban ausentes de su casa, sino también de su suerte.
Había disfrutado la homosexualidad como si fuera sinónimo de promiscuidad. Unas veces el ron y otras la inmadurez lo llevaron a cruzar límites imprescindibles. Tristemente fue la cruz del Sida quien le hizo despertar aunque ahora no sabe si tiene “suficiente tiempo para arrepentirse”.
Y justo cuando pensé que ya lo había escuchado todo, vino un punto de giro sorprendente. El muchacho que me abordó en la farmacia estaba completamente triste. Y la causa no era su delicada situación de salud, el hecho de estar desempleado, aislado de su familia y juzgado por todo el barrio. La razón de su pesar movía fibras mucho más sensibles, alguien le había roto el corazón.
Me confesó que hacía unos meses había conocido al amor de su vida, deduzco que por ese  entonces memorizó los versos de Borges. Las cosas iban muy bien hasta que le confesó su condición, y su pareja se fue. No había vuelto a contestarle las llamadas.
Entonces me dijo algo que me removió la última gota de escepticismo. Según él aunque pareciera que se había hablado y escrito mucho sobre el VIH, aún no es suficiente, pues queda demasiada gente prejuiciosa e ignorante que piensa que “a los sidosos solo les resta morirse de una vez”.
La verdad es que las parejas serodiscordantes son una realidad, y cuando se extreman las medidas de protección los riesgos son mínimos. ¿Será que hay gente que aún no sabe eso?
Las personas que viven con VIH sufren una enfermedad letal, no necesitan cargas adicionales. Precisan que el resto de la sociedad no los considere, constantemente, una amenaza como vecinos, colegas, familiares o pareja.
La charla fue larga. El muchacho de aquella tarde era un romántico, estaba resentido o asustado, o todas las cosas a la vez. Pero más profundo también era un hombre lidiando con mil fantasmas, con molinos más reales como gigantes. Y para colmo los tabúes, los prejuicios y el desconocimiento, intentaban hacer, si eso fuera posible, más difícil su vida. Me pidió que escribiera sobre el tema, modestamente he intentado complacerlo.


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