Me preguntas??? Estas ansias escapan a la mera definición de profesión; son de alguna manera una especie de estigma o esencia que encuentra las palabras exactas para enmarcarte en una condición más que en un concepto… y luego la realidad es más sencilla o más complicada?: escribes porque vives y vives porque escribes.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Sin viceversas...



Se acerca diciembre… con toda la vorágine consumista que presuponen las navidades en muchas partes del mundo. Y el nuestro, por diferente, o más sencillo, no deja a veces de ser un puñado de nostalgias cuando a metros de una púa, entre el bullicio, una se queda absorta y descubre otro año que nos deja, personas que definitivamente están más lejos, metas que ya no se cumplirán…
Antes de desbordarme en alguna suerte de añoranza debo confesar que mis diciembres, hace un tanto, ya no saben igual. Mi hijo llegó con toda la fuerza de Sagitario y además de unas cuantas libras, casi toda mi energía, lo incierto de ese surco que ahora tengo en el ceño y muchísimas cosas más, mi bebo se robó todo el misticismo de mis fines de año. Ahora si él está bien, yo y el resto del mundo lo estamos, y si logro mantenerlo al menos con zapatos el día entero, entonces soy completamente feliz.
Pasaron tres años. Mi hombrecito me lleva de la mano por la vida, con unos ojos tan pícaros que me he rendido ya a sus  encantos… y solo me asusta que termine por descubrirlo, y reclame estar a cargo en esta jerarquía trastocada que se ha vuelto mi maternidad. Entonces el mundo sería una paleta de chocolate,  un montón de piedras, bolas, nuestra lima, un martillo, las llaves de su abuelo, y mi cama, definitivamente, su colchón de juego.
Tal vez quien me lea advierta que las mujeres nos volvemos repetitivas cuando se trata de hablar o escribir de nuestros hijos. Y asuma quizás que es un desliz hormonal esto de estar exhibiendo las crías, pero el tema que hoy me sacó de la cama más temprano y me ha dejado pegada al teclado no adolece de otro tipo de sensibilidad y es la problemática que afrontamos las madres en esta sociedad, donde a nuestro alrededor la mayoría de las personas solo notan que desatendemos nuestras obligaciones y se nos hace muy difícil  encajar,otra vez, como profesional,  mujer, esposa y ama de casa.
Quien crea que cuando los niños entren al Círculo Infantil se acabaron los problemas está completamente equivocado, ahí solo comienzan. De una manera u otra, por muy competentes que sean en el centro se mezclan catarros, estomatitis, impétigos, y cien cosas más, de forma tal que quien tenga una “esponjita” como yo, sabe que cada 15 días le toca algo nuevo. Cuando llego el lunes a mi trabajo y preguntan por Dudú yo digo: al menos hoy, lo dejé  en el círculo… y mis amigas bromean y dicen que eso ya les sabe a deja vu.
Con un niño que se enferma al menos una vez por mes la vida profesional se vuelve intermitente. Y aunque corro el riesgo de que mi editor suprima estas líneas, una se siente la mayoría de las veces avergonzada por algo de lo que no es ni remotamente responsable, y para los hombres, las que no son madres o ya olvidaron que lo fueron debe ser difícil otorgarle la dimensión justa a esto que sí es un problema serio y no simplemente un montón de excusas que se repiten.
 Hace unos días me fui de bruces con mi bebo y terminamos estrellándonos contra la tierra. Ante la posibilidad de hacerle daño, aun cuando el incidente no pasó de un buen susto, di gritos al borde de la locura. Y mi  niño en su lenguaje peculiar me ha pedido que me calle: “a llore, mamá, a llore”.  Tiene solo dos años y ya anda cuidándome… esta es la razón por la que es más maravilloso que difícil tener un hijo, y en este caso no hay viceversas.cio, una se queda absorta y descubre otro año que nos deja, personas que definitivamente están más lejos, metas que ya no se cumplirán…
Antes de desbordarme en alguna suerte de añoranza debo confesar que mis diciembres, hace un tanto, ya no saben igual. Mi hijo llegó con toda la fuerza de Sagitario y además de unas cuantas libras, casi toda mi energía, lo incierto de ese surco que ahora tengo en el ceño y muchísimas cosas más, mi bebo se robó todo el misticismo de mis fines de año. Ahora si él está bien, yo y el resto del mundo lo estamos, y si logro mantenerlo al menos con zapatos el día entero, entonces soy completamente feliz.
Pasaron tres años. Mi hombrecito me lleva de la mano por la vida, con unos ojos tan pícaros que me he rendido ya a sus  encantos… y solo me asusta que termine por descubrirlo, y reclame estar a cargo en esta jerarquía trastocada que se ha vuelto mi maternidad. Entonces el mundo sería una paleta de chocolate,  un montón de piedras, bolas, nuestra lima, un martillo, las llaves de su abuelo, y mi cama, definitivamente, su colchón de juego.
Tal vez quien me lea advierta que las mujeres nos volvemos repetitivas cuando se trata de hablar o escribir de nuestros hijos. Y asuma quizás que es un desliz hormonal esto de estar exhibiendo las crías, pero el tema que hoy me sacó de la cama más temprano y me ha dejado pegada al teclado no adolece de otro tipo de sensibilidad y es la problemática que afrontamos las madres en esta sociedad, donde a nuestro alrededor la mayoría de las personas solo notan que desatendemos nuestras obligaciones y se nos hace muy difícil  encajar,otra vez, como profesional,  mujer, esposa y ama de casa.
Quien crea que cuando los niños entren al Círculo Infantil se acabaron los problemas está completamente equivocado, ahí solo comienzan. De una manera u otra, por muy competentes que sean en el centro se mezclan catarros, estomatitis, impétigos, y cien cosas más, de forma tal que quien tenga una “esponjita” como yo, sabe que cada 15 días le toca algo nuevo. Cuando llego el lunes a mi trabajo y preguntan por Dudú yo digo: al menos hoy, lo dejé  en el círculo… y mis amigas bromean y dicen que eso ya les sabe a deja vu.
Con un niño que se enferma al menos una vez por mes la vida profesional se vuelve intermitente. Y aunque corro el riesgo de que mi editor suprima estas líneas, una se siente la mayoría de las veces avergonzada por algo de lo que no es ni remotamente responsable, y para los hombres, las que no son madres o ya olvidaron que lo fueron debe ser difícil otorgarle la dimensión justa a esto que sí es un problema serio y no simplemente un montón de excusas que se repiten.

 Hace unos días me fui de bruces con mi bebo y terminamos estrellándonos contra la tierra. Ante la posibilidad de hacerle daño, aun cuando el incidente no pasó de un buen susto, di gritos al borde de la locura. Y mi  niño en su lenguaje peculiar me ha pedido que no llore.  Tiene solo tres años y ya anda cuidándome… por esta y muchas más razones, es más maravilloso que difícil tener un hijo, y en este caso no hay viceversas.

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