Me preguntas??? Estas ansias escapan a la mera definición de profesión; son de alguna manera una especie de estigma o esencia que encuentra las palabras exactas para enmarcarte en una condición más que en un concepto… y luego la realidad es más sencilla o más complicada?: escribes porque vives y vives porque escribes.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Tras unas gafas oscuras...




Era una muchacha joven, de esas que no miraba más allá de sus ojos. Y cuando creyó estar enamoraba confundió los términos y se encerró en una suerte de jaula de donde ya después no supo cómo salir. Repitió día tras día la misma rutina, siempre entre cuatro paredes. Nunca entendió en qué punto cambiaron las cosas, pero en un abrir y cerrar de ojos se encontró escondiendo tras unas gafas oscuras un moretón en el ojo.
Al principio pensó que todo era producto de los celos. Y aún cuando sonara muy enfermo, el primer puñetazo fue algo así como la confirmación de todo el amor que su esposo sentía, del miedo inmenso de perderla. Y  le supo dulce el golpe, porque según ella venía de más adentro, de algún lugar recóndito del sentimiento.
Los primeros meses las gafas resolvieron. Nadie sabía exactamente el aire enrarecido que primaba en su hogar. Pero los golpes fueron cambiando de lugar, y la rabia era cada vez mayor, como si ella fuera un animal que necesitaba ser domesticado a la fuerza, por aquello de que la supremacía de género hay que definirla desde los comienzos, mejor tener bien claro quién manda dentro de casa.
El supuesto secreto se volvió un rumor de barrio y luego se hizo más evidente. Vivían en una casa pequeña de tablas y hubo un momento en que los puñetazos podían escucharse perfectamente desde la calle. Mucha gente comenzó a mirarla con lástima, pero la mayoría asumió el hecho como una vergüenza propia, algo que no debería suceder y que los niños no tenían porqué escuchar.
Su madre vino algunas veces y se la llevó a la fuerza, indignada ante tan poca autoestima. Pero el círculo vicioso se repetía vez tras vez. Una pequeña luna de miel y después el mismo ritmo enfermizo. Ella guardó años de dolor, de humillación, de cicatrices de lesiones que calaron mucho más adentro de la piel desgarrada.
Todas las historias no tienen finales felices, ni la gente hace exactamente lo que debería. La muchacha de quien escribo no es tan diferente a otras mujeres. Ella aún sigue en su mismo matrimonio que va para dos décadas, pero estudió, encontró una profesión, se las arregló incluso para devolver alguna que otra ofensa y ha encontrado un equilibro, donde hoy se siente respetada. Al menos tiene otras opciones, sabe que existen otros caminos.
La violencia doméstica siempre será penosa. Un moretón, incluso un amago, va en contra de uno de los preceptos vitales por los que lucha nuestra sociedad, un mundo libre de dolor infringido, de gafas oscuras como telón, de falsos sentimientos, de lobos disfrazados de ovejas, de niños que guardan secretos muy grandes para su edad, de gente que mira y también sufre.
El Estado cubano tiene leyes muy estrictas contra la violencia de género, pero el flagelo nace y crece dentro del hogar, del desconocimiento de la gente que cree en falsos mitos. Aquello de que “me golpea porque me quiere mucho”, “perdió la cabeza”, “los celos lo volvieron loco”, “había tomado, él normalmente no es así”, son mentiras que una no quiere encarar. El matrimonio no tiene que ser obligatoriamente una institución eterna, donde se admita lo imperdonable.
Es bueno encontrar compañía, le hace a uno sentirse más fuerte, casi invencible, y los sentimientos pueden retorcerse, eclipsarse y llegar a recovecos desconocidos. Hay muchas formas de exteriorizar y expresar las emociones. Sabina lo dice a su manera porque el amor cuando no muere mata, y amores que matan nunca mueren… Pero no hay nada de violencia en esa metáfora. Cada relación escribe su historia, con límites y alcances, pero sin moretones, cicatrices, ni puñetazos que lamentar.

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